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Mirar el mundo como lo hacen nuestros hijos

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Mirar el mundo

Hace unos días salí a pasear con mi hijo.

Ese paseo me hizo pensar en lo especial e importante que es mirar el mundo como él lo hace.

Pienso que la mayoría de la gente se mueve sin ser realmente consciente de lo que les rodea. La mirada fija en un punto indefinido o, cada vez más, en la pantalla del teléfono móvil.

Hemos perdido el instinto “animal” de otear el horizonte para descubrir peligros potenciales o encontrar alimentos. También la individualidad que nos ha convertido en seres con poco deseo de interactuar con el resto. Además, sobre todo en las grandes ciudades, el ritmo frenético del día a día hace que cada desplazamiento sea una especie de carrera contra el tiempo.

Igual sucede cuando toca esperar, ya sea en el andén del metro o en la sala de espera del médico. Esas miradas furtivas que no quieren cruzarse con la del que está enfrente o el pasear nervioso cuando la espera se alarga demasiado.

Esto no les ocurre a los niños. O por lo menos a los que son aún lo suficientemente pequeños para no tener un horario de actividades a las que sus ocupados padres llevan casi en volandas. Ellos lo miran todo porque todo es increíblemente interesante.

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Los pequeños detalles

Cuando salgo a pasear con mi hijo el detalle más insignificante se convierte en una maravilla ante la que lanzar exclamaciones de asombro. Con su pequeño dedito índice lo señala y si no miro me vuelve la cara con la mano como diciendo “a ver mamá, que te estoy mostrando algo interesantísimo”.

Un papel que gira movido por el viento. Las palomas picoteando un trozo de pan. La luz naranja de las farolas. Un avión surcando el cielo. El pelo largo y rizado de una chica que espera en el alucinante semáforo de luces que cambian solas. El sonido del agua de una fuente. El movimiento de nuestras sombras. Los perros que se detienen a olfatear las esquinas. Los árboles y sus hojas. Las nubes. El suelo. Las grandes ruedas de los autobuses.

Y, sobre todo, la gente, toda esa gente que camina rápido y algo ausente.

A veces, una persona se detiene, devuelve la sonrisa y le dedica algunas palabras. Por un momento tres desconocidos que nunca antes se habían visto y que, lo más seguro, no volverán a coincidir, comparten un tiempo de sus vidas y al separarse las cosas parecen más sencillas y agradables.

Aunque mi hijo es muy sociable y simpático, de los que dan golpecitos en el brazo o gritan para que les digan “hola”, no creo que esos momentos sean causados sólo por ello.

La capacidad de sorprendernos

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Es la forma de ver y vivir el mundo. La naturalidad, la mirada sincera, la sorpresa ante los descubrimientos y la inocencia.

En el mundo adulto generalmente esas virtudes se han perdido o, en el mejor de los casos, están enterradas bajo mucha seriedad, responsabilidad y convenciones sociales. Imaginemos a una persona de mediana edad, bien vestida, con aspecto de ser un profesional de cierto nivel, de los que se sientan en un despacho de muebles macizos, deteniéndose en medio de la calle, mirando hacia arriba y exclamando: “¡Oh! Pero qué colores más bonitos tiene el cielo hoy. ¡Me encanta!”.

Un extravagante, un tipo curioso, un loco.

¿Y si lo hace un adolescente? El rarito de la clase, ese que lee poesía y escucha música clásica. ¿Una persona mayor? Es que ya chochea y no sabe lo que hace.

A los niños, siempre y cuando no superen la edad límite preestablecida, se les permiten esas muestras de entusiasmo porque son demasiado pequeños para controlarse. Incluso resultan simpáticos y entrañables.

Pero, ¿por qué no aprovechamos la maravillosa capacidad de sorprenderse y nos contagiamos de ella en lugar de ir limitándola y encorsetándola?

No digo que ahora nos pongamos a dar saltos de júbilo por las calles cada vez que se encienda una luz o corramos detrás de las palomas pero no nos vendría mal seguir la mirada de nuestros hijos y recuperar una visión que va más allá de lo que tenemos a un palmo de nuestras narices.

Nos quejamos a diario de la fealdad del mundo, de la gente y de la vida. Podríamos aprender a mirar este mundo como lo hacen los niños, sin prejuicios, sin prisas, sin vergüenzas y sin artificios.

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Quisiera que mi hijo conservara para siempre esa capacidad de asombro porque es la que le impulsará a querer saber más y, sobre todo, a disfrutar de los momentos más especiales de la vida.

Quisiera mirar siempre el mundo como él lo hace y no que él lo haga como yo lo hago a veces.

Y tú, ¿has aprendido a mirar el mundo como lo hacen tus hijos?


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4 comentarios sobre “Mirar el mundo como lo hacen nuestros hijos

  1. Totalmente de acuerdo contigo. Creo que en especial en las grandes ciudades nos vemos envueltos en una carrera de fondo que no nos permite ni siquiera sonreír.
    Hoy justamente me ha pasado, vengo de pasar unos días en una pequeña ciudad en donde la gente es amable y se sonríe por el simple hecho de cruzarse. Hoy de vuelta en Madrid he ido al una gran superficie y me encontré sonriendo a la gente con la que me cruzaba…si hubieses visto sus caras! jajaja con lo poquito que cuesta y lo fácil que es, debería estar mucho más de moda ser amable y risueño como un niño!

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